Reseña: “Mansa chatarra” de Francisco Ferrer Lerín, por Mateo de Paz

“Mansa chatarra”. Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942). Jeckyll & Jill (2014). 152 páginas. 20 euros.

Miscelánea. Las antologías de microrrelato dejaron de estar de moda en España poco tiempo después de haber aparecido. Eso es lo que tienen las modas, que pasan después de estar en boga durante un tiempo: algunas sin pena ni gloria porque solo son corrientes de género a las que muchos se suman en busca de una oportunidad; otras permanecen y se convierten en clásico: seculares, como la novela; o milenarias, como el cuento. Una antología no es más que un museo, y en el caso que nos ocupa –Mansa chatarra no contiene solamente microrrelatos sino textos de diversa condición–, un museo de autor, que siempre es mejor que un solo texto en un museo de muchos. Este libro es, en efecto, su museo, una antología de textos de variada procedencia y adscripción genérica, cuya temática común parece ser el mundo de lo onírico, esto es, lo perteneciente o lo relativo a los sueños.

A pesar de la introducción, “Memoria de los sueños” del profesor Falcó, que pretende guiar al lector por las galerías del museo, el tema del sueño no comienza a aparecer hasta la medianía del volumen. Aquí aparece un texto, «La ciudad alejada», que se inicia con una frase que anuncia la sustancia del signo que junta y armoniza pequeñas obras de diversa naturaleza y, por supuesto, distinto origen: “Paisaje que sueño con reiteración y que no corresponde a nada conocido”. Antes de esto, pesadillas y monstruos, crímenes y transformaciones, textos de temática fantástica en los que no se menciona que el narrador está soñando, como hubiera sido lo suyo si seguimos los consejos de los profesores de talleres de escritura creativa, sino que el lector debe suponer –además de que su inclusión en este libro ayuda a entenderlos– que tratan del mismo asunto. Ahora bien, siguiendo este parámetro, que debemos tomar como necesario para analizar o valorar su situación, hay que pensar qué texto de ficción no forma parte del sueño, si entendemos este como un proceso de la fantasía. Por lo tanto, podemos esperar hasta ese texto antes mencionado para encontrar los sueños de día y los sueños de noche, los sueños y las ensoñaciones, siguiendo a Borges y a Bachelard, de un escritor de imaginario tan poderoso, dice Falcó, como Ferrer Lerín.

Para quien todavía no lo conozca, nuestro autor es un joven de setenta y dos años que se dio a conocer –no fue para tanto– cuando la editorial Artemisa, hoy desaparecida como tantas otras, publicó Ciudad propia. Poesía autorizada hace hoy nueve años. Aquí se reproducían sus tres libros de poemas: De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987). Antes de eso, nada, una primera versión de la novela Familias como la mía (2011), titulada Níquel (2005), la soledad de los que escriben al margen y varias leyendas a sus espaldas: la del ornitólogo especialista en buitres carroñeros, la del as del póquer y la baraja, y cosas así. Después vendrían las editoriales grandes, el Bestiario en Galaxia Gutenberg, una novela y dos libros de poemas: Fámulo, por el que recibiría el reconocimiento de la crítica, y Hiela sangre, ambos en Tusquets. Alguna anécdota sale hoy de mi memoria sobre las timbas en las que participaban varios poetas, luego narradores, de aquel guiso de vates “novísimos”, según Castellet, los más renovadores de los años sesenta, pero donde se quedó fuera quizá el más renovador de todos ellos. Cuando uno es joven el afán por el triunfo, si no tiene nada más que hacer con su vida que escribir poemas sin rima, puede pasarle factura, pero cuando uno vive de dar comida a las aves y observarlas, y tiene la naturaleza pegada a los cojones del alma, da igual ser un hombre sin generación, a pesar de estar dentro de ella y conformarla: tu obra se consolida por sí misma, sin la ayuda inestimable de gloriosos antólogos y sus libros antológicos.

Fotografía: Fran Ferrer

Fotografía: Fran Ferrer

Mansa chatarra no deja indiferente: como en el programa de televisión canadiense sobre reformas, o lo amas y convives con él o lo vendes por cuatro perras a una librería de viejo. Los textos iniciales son poemas en prosa obtenidos de dos de sus primeros libros en los que se aprecia una clara preocupación por el lenguaje, y quizá este sea el escudo que haga que ciertos lectores se vean impedidos para entrar en el libro y entender absolutamente cada uno de sus signos, si esto es posible. En ellos la escritura automática, la yuxtaposición sintáctica, ajena a las pautas ortográficas de puntuación, y las imágenes surrealistas hacen que el relato canónico del inicio, nudo y desenlace quede difuso. Se hace necesario resaltar las palabras del narrador de uno de los textos, “Elena Blum”, donde habla del vicio de determinadas sintaxis y terminologías. En su opinión, el léxico, o más bien algunas porciones del léxico, coacciona al lector, lo obliga “incluso a desfigurar una trayectoria limpia”. Yo creo que Ferrer Lerín, hombre culto y de culto, parece desfigurar la historia del relato con el lenguaje, juega con él, deformando el relato canónico, sometiéndole al lector a esforzarse con el sentido que vaga por la frase no siempre luminosa.  Lo cierto es que a uno que entra por primera vez en el estilo recargado  de volutas y rodeos de Ferrer Lerín, como en todos los barrocos, churriguerescos o estrambóticos –como si fuese algo malo trabajar el lenguaje– puede parecerle un pedante con sentido del humor, pero yo creo más bien que estamos ante un escritor profundamente preocupado por que el lenguaje sea un instrumento no solo de conocimiento y de comunicación, sino de esparcimiento y goce de los sentidos.

Después, tras estos textos de gran lirismo, llegan algunas entradas de su conocido Bestiario, un libro de cerca de trescientas definiciones literarias de insectos, serpientes, aves, fieras y monstruos, entre otros, construido, en palabras del autor, sobre la realidad de otros libros. Los contenidos en Mansa Chatarra, desde “Comiaces” hasta “Yaga-Baga” son entradas de género fantástico que tienen en cuenta otra vez el lenguaje y la extrañeza que produce su utilización salvaje por la ciencia. Estos tienen poco que ver con los sueños, no así con el ensueño, con la fantasía y la alucinación de quien ve o quiere ver algo distinto de lo que sucede en realidad, que no siempre suele ser lo verdadero. Por ejemplo, están los espíritus que bajo la forma de cabras atormentan a los mineros, el médico polaco que conserva en botellitas la ceniza de muchas plantas o el soldado de cuya boca, tras quedarse dormido con ella abierta, sale una bestia blanca parecida a una comadreja. El sueño no está, pero sí el ensueño, la representación fantástica de quien duerme. Hay que esperar a los textos provenientes de Papur para encontrar lo que al lector se le ofrece: sueños, sueños y más sueños. Y son estos sueños los que más me han interesado, sueños eróticos donde la sirvienta, la enfermera, la prima hermana Monse, la cuñada, o incluso la oveja, son los personajes femeninos que hacen que el narrador se toque hasta el derrame, debido a la mirada, el tocamiento o las succiones, y el lector deje de estar en la periferia del lenguaje y pase a estar en el centro de la vida, que siempre es superior a soñar. Mateo de Paz.

Recomendaciones de Mateo de Paz:

Glosa, Juan José Saer, Rayo Verde Editorial, 2015.

El límite inferior, Nere Basabe, Salto de Página, 2015.

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