Relato: “El fantafranquismo: la imaginación frente al trauma”, por Guillermo Corral

Fantafranquismo 1

Fotografía: Plataforma de artistas antifranquistas

¿Fue la fantasía clave para superar el trauma del franquismo? El 45 aniversario, dentro de unos pocos días del estreno de Trauma en 1970, ofrece una buena oportunidad para recapitular sobre el legado del “fantafranquismo”, el nuevo género cinematográfico fundado por la cinta de Luis Torres Costa. La efeméride coincide en este sentido, con la creciente reivindicación del género, tras el relativo olvido que sufrió en décadas recientes, por una nueva hornada de jóvenes directores españoles, quienes habiendo tenido que iniciar sus carreras en plena crisis económica, se sienten herederos del aliento iconoclasta y libertario que el fantafranquismo introdujo en su día en el anquilosado panorama cinematográfico nacional. 

De acuerdo con la definición del profesor Comas, en su ya clásico estudio de 1987, Gozosas transgresiones, agrupamos bajo el término genérico de fantafranquismo, un variado conjunto de películas, cuyo rasgo principal es el recurso a las claves del género fantástico para reelaborar mediante un nuevo lenguaje el trauma colectivo de la Guerra Civil y de la dictadura franquista. 

Aunque podemos encontrar algunos antecedentes en la década de los sesenta —Comas menciona por ejemplo las producciones de serie B de los estudios Colodón, tales como Licantropía, 1967, o Sombras de la noche, 1969— hay acuerdo unánime en que la película de Torres Costa inaugura formalmente el género. Como es conocido, su estreno en mayo de 1970 apenas tuvo repercusión, y no fue hasta recibir en octubre de ese año el Gran Premio del Festival Internacional de Belgrado, cuando consiguió atraer la atención de crítica y público. 

Trauma narra la historia de Alicia, una joven psicóloga escolar enviada a un remoto pueblo minero del norte de España. Allí pronto descubrirá que los habitantes del lugar sufren una extraña afección de la que nadie habla y que los mantiene aletargados, incapaces de tomar iniciativa alguna o incluso de expresar abiertamente su voluntad. Una serie de pequeñas revelaciones llevará gradualmente a Alicia a sospechar que la fuente del mal procede de una extraña construcción, entre bunker y castillo medieval, escondida en la montaña que domina el pueblo. A pesar de las advertencias, Alicia se aventura a solas en el bosque dispuesta a resolver el misterio. Perdida en la maraña de árboles centenarios, acaba llegando a las puertas del misterioso edificio. La recibe su habitante, un general retirado de edad indeterminada, quien la invita a refugiarse en la casa y le ofrece una cena opípara, a base de vísceras de animales salvajes. La secuencia de la cena ha quedado como una de las más emblemáticas del cine español. Ante los ojos horrorizados de Alicia, el general devora a mordiscos, uno tras otro, corazones de ciervo y de jabalí, que le sirven en bandejas de plata unos camareros enanos y mudos. Mientras la sangre le corre por la barbilla y le va manchando el impecable uniforme blanco, desgrana frases manidas sobre la necesidad de guiar al pueblo por el bien común. Tras la cena, Alicia pasa horas de terror atrincherada en la celda que le han asignado como alojamiento. Solo con las luces del alba se atreve a salir de su encierro. La vemos deambular por pasillos y habitaciones vacías, decoradas con unos pocos muebles de estilo castellano y grabados ingleses con escenas de caza. Al fin encuentra, disimulada detrás de una enorme copia del Carlos V de Tiziano, la entrada de una escalera de caracol que la lleva hasta lo más alto de la torre que corona el edificio. Ahí, en una sala circular desde cuyos ventanales se divisa toda la comarca, yace en una camilla de hospital el general, mucho más envejecido de lo que le hemos visto horas antes y entubado a una maquina monstruosa. Alicia duda y está a punto de escapar, pero en el último instante, en un arrebato de ira, arranca sin piedad las sondas que mantienen con vida al general. Un fluido denso y oscuro mana de los tubos arrancados, mientras el general expira entre ahogos y abajo en el valle, vemos como la plaza del pueblo se llena de niños, mujeres y hombres, que parecen despertar de un largo sueño. 

Sorprendentemente, y a pesar de lo transparente de su metáfora, en un primer momento esta pareció pasar desapercibida. Desde luego para la censura franquista que aprobó sin problemas el guión y la producción, pero también para la critica de la época que alabó los efectos especiales, pero condenó el “infantilismo americanizante” (sic) de la obra. Sin embargo, la influencia de Trauma no tardó en hacerse notar. Ya al año siguiente Vampiros, de Ciro Corella, recogía abiertamente la idea del militar-vampiro, aunque se cuidaba de retrotraer la acción a un impreciso siglo XIX, para no tentar excesivamente la suerte. 

Fantafranquismo 2

Ilustración: Teresa Sdralevich

El impacto de Trauma es también evidente en la maravillosa El espíritu de la colmena, 1973, de Víctor Erice, desde la fotografía de Luis Cuadrado hasta la utilización de Frankenstein como marco simbólico de la trama. Pero fue la publicación en noviembre de 1974 en Cahiers du Cinema de un largo artículo de Antoine Lanzac sobre Trauma, en el que además de mencionar las referencias al cine japonés y sueco, utilizó por primera vez la expresión “cinema fanta-franquiste”, la que consagró definitivamente el carácter fundacional de la película de Torres Costa. Lamentablemente la muerte del director en un trágico accidente de tráfico el 31 de diciembre de 1975 cortó de golpe su brillante trayectoria, impidiéndonos conocer qué otros frutos habría producido su enorme talento. 

No obstante para entonces ya había cuajado entre nuestros cineastas la idea de aprovechar las posibilidades creativas que la fantasía, el cine de terror e incluso la ciencia ficción brindaban para hablar libremente de un pasado traumático y aún demasiado vivo. Así en los primeros años de la transición asistimos a un aluvión de películas que terminan de consolidar el género. Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos citar Los muertos del hielo, 1977, en la que los caídos de la División Azul regresan como zombies, y su secuela, Los paseantes, 1979, en la que el papel de muertos vivientes corresponde ahora a las víctimas de la represión de la Guerra Civil, que vuelven para asediar un pequeño pueblo castellano; o Hombrecitos atildados, 1978, en la que los vampiros son un grupo de seminaristas andaluces. En clave de ciencia ficción la adaptación al cine por Iván Corbado también en 1979 de Travesía, el cómic del dibujante hispano-belga Xavier Vandamme, en la que unos guardias civiles cibernéticos constituyen la fuerza de choque de una dictadura futurista. Y en el campo del thriller político, Las buenas obras, 1980, de Gustavo Grueso, en la que una secta religiosa se hace con el poder en España infiltrando las filas del partido conservador. Sin duda, la preeminencia del género decae a medida que se asienta la democracia, aunque su herencia todavía es palpable en cintas como Laberinto de pasiones, 1982, de Pedro Almodóvar, y aún se producen algunas obras maestras como la crepuscular Silencios, 1984, de Isabel de la Concha, con su monstruoso torturador melancólico. 

A inicios de los noventa el fantafranquismo queda ya reducido a una caricatura de sí mismo, pero su influencia dista mucho de desaparecer, extendiéndose por el contrario a otras industrias, baste en ese sentido citar Abierto hasta el amanecer, 1996, de Robert Rodriguez y Quentin Tarantino, la Trilogía de la sangre, del coreano Chunk Park Ho, 1997-2000, o la evidente deuda de Mike Mignola y su Hellboy con El diablo rojo de Gonzalo Ortega. Mientras que ya en la década del 2000, Guillermo del Toro auspició por sí solo un pequeño revival del género con El espinazo del diablo y El laberinto del fauno. No puede por último dejar de mencionarse el Blancanieves, 2012, de Pablo Berger, cuyo marcado simbolismo, ambientación y fotografía, beben directamente de las fuentes de Trauma. 

Hoy, cuando ya ha transcurrido desde el estreno de Trauma un tiempo análogo a la duración conjunta de la guerra y la dictadura, parece más oportuno que nunca rescatar al fantafranquismo del olvido, cuando no el desprecio en el que algunos sectores de este país han querido sumir el género, y reconocer el importante papel que jugó a la hora de exorcizar los demonios de una de las épocas más negras que ha vivido el país. Es justo reconocer que sin él y sin el soplo de aire fresco y de rebeldía que trajo consigo, sin su capacidad de confrontar desde la imaginación y la fantasía a las clases dirigentes del régimen anterior, la cultura de la transición habría resultado irremediablemente más pobre y nuestra democracia más imperfecta. Guillermo Corral. 

Guillermo Corral (1971) dirige el programa cultural español en EEUU como Consejero Cultural de la Embajada de España en Washington DC. Mientras crece el Bosque es su primer libro, y próximamente publicará una novela gráfica junto al dibujante Paco Roca. 

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