Reseña: «La isla de la infancia» de Karl Ove Knausgård, por Victor Balcells Matas

"La isla de la infancia". Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968). Anagrama (2015). 498 páginas. 22,90 euros.

«La isla de la infancia». Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968). Anagrama (2015). 498 páginas. 22,90 euros.

Novela. La isla de la infancia es el tercer volumen del colosal proyecto autobiográfico Mi lucha, de Karl Ove Knausgård. Tal y como ocurre con sus predecesores, publicados también en Anagrama, el presente volumen puede leerse de manera independiente. En este caso, el interés se centra en la infancia del autor. La narración arranca con su llegada a la boscosa isla de Tromoya en un carrito conducido por la madre, en verano de 1969 y con apenas ocho meses, y desarrolla los motivos, avatares y circunstancias de los primeros años de vida del autor, donde la presencia del padre opresor ya es manifiesta, y donde las relaciones con otros niños se desarrollan en profundidad. Puede considerarse a grandes rasgos La isla de la infancia como un bildungsroman freestyle o incompleto, pues no se llega a cerrar el proceso hacia la madurez en ella misma y sí en otros volúmenes del compendio. Se centra, entonces, en lo que se ha tipificado como Jugendlehre, es decir, aprendizaje de juventud. De esta manera, a pesar de ser una obra independiente, parece natural enmarcarla dentro del contexto general del conjunto.

Karl Ove Knausgard

Knausgård no es un escritor virtuoso desde el punto de vista técnico, y por ello resulta más difícil enjuiciarlo. Centraría sus principales virtudes en tres elementos: la intuición, la honestidad y la naturalidad expresiva. Aunque la prosa es fluida, carece de virtuosismo. Toda su grandeza sólo se puede extraer a partir de una visión de conjunto de la obra. En las distancias cortas, encontramos pocos recursos, pero utilizados de manera efectiva (por ejemplo, el uso de la repetición y la disposición de la puntuación al servicio de la velocidad de la prosa y del efectismo dramático). Sin embargo, a pesar de que la estructura sea un tanto deslavazada y las reflexiones en ocasiones simples, este modus operandi un tanto descontrolado adquiere pleno sentido en el contexto de la infancia. Pocos escritores ofrecen una aproximación tan genuina a dicho mundo y, sobre todo, descontaminada de la presencia de pensamiento adulto en la voz narrativa. Pienso en algunos relatos de Salinger, en piezas de Golding o, en el contexto nórdico, en la obra de Goran Tunström. Comparar a Knausgård con Proust, como se ha hecho repetidas veces, es un disparate; sólo existen similitudes de fondo, pero no de forma. A razón de veinte páginas diarias, el autor volcó en esta sextalogía su propia experiencia. La magia —término arduo para una crítica, pero necesario aquí— surge de la combinación entre la lucidez intuitiva y el acierto en la selección del contenido. El desorden importa y es una pieza clave, aunque no haya sido premeditado. La naturalidad expresiva funciona precisamente gracias a las imperfecciones de la prosa, o como diría Bergman, la obra tiene la perfección que no tiene lo perfecto. Uno puede afirmar que existe, a pesar del andamiaje en ocasiones demasiado visible, verdad en las palabras de Knausgård, y este es un efecto de conjunto al que muchos aspiran y muy pocos alcanzan. Víctor Balcells Matas.

 

Recomendaciones de Victor Balcells Matas:

En busca del tiempo perdido. Marcel Proust. Valdemar (2005). 

Historia de mi vida. Giacomo Casanova. Atalanta (2009). 

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