Música: “Houellebecq y la música” por Bruno Galindo

Houellebecq

No sé si se puede colegir algo sobre Michel Houellebecq a través de la música mencionada en o a propósito de sus textos; tengo serias dudas de que pueda trazarse un recorrido coherente, una línea de puntos, parando en las señales musicales de las novelas y en las subsiguientes explicaciones (normalmente promocionales) que el autor hace de las mismas. Casi seguro no es así, y ya que excepcionalmente puede ser más entretenido dejar cabos sueltos que blindar teorías, dedico un rato y este pequeño espacio a delimitar ese territorio sin mapa: el de Houllebecq y la música. Viaje que comienza, o al menos tiene su punto más sólido, en Présence humaine, el magnífico disco gainsbourgiano y electrónico que llegó a grabar el escritor a medias con Bertrand Burgalat, músico, productor y arreglista de Nick Cave, en 2000. Canciones como “Playa blanca” (alusión a un escenario de su relato “Lanzarote”) o la narración “Célibataires” aportaban algo más que un correlato sonoro a la obra de Houellebecq. Previo a este disco tan poco conocido hubo otro como Le sense du combat, grabado en 1996 para France Culture Radio, y posteriormente otro llamado Établissement d’un ciel d’alternance, aparecido en 2007. Su autor ha dicho:

“Formo parte de una corriente de poesía que está hecha para ser leída en público”.

Y ha ahondado:

“Durante el siglo xix y principios del siglo xx hubo una gran concentración de poetas magníficos, como Rimbaud, Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire… A mediados del siglo xx, la poesía perdió su función. La música la sustituyó. El talento lírico se desplazó a la canción y por eso no hay grandes poetas del siglo xx”.

Quizá piensa lo contrario Iggy Pop, quien en su disco Preliminaires recita un largo fragmento de La posibilidad de una isla, libro que encontró “de intenso placer y similar a mi propia experiencia”. Hubo quienes también encontraron llamativa aquella novela por sus cameos musicales: Björk (“convencional y amanerada a más no poder”), Keith Richards (“tenía un Bentley, como todos los rockeros importantes”) y hasta David Bisbal (“en la radio del bar sonó una canción…”). El estigma del gran rock —Hendrix, Stones— está explícito en Las partículas elementales, y de El mapa y el territorio el propio autor ha dicho que “es como una canción de Pink Floyd en la que la melodía empieza antes de que te des cuenta de que ha empezado”. Estas y otras marcas estilísticas —del hip hop al tecno— son, en fin, argumentos de algo que no necesita más que ser leído (esperamos ansiosos la nueva Sumisión) o escuchado (nos contentamos mientras tanto con Les parages du vide, última colaboración lírica de Houellebecq con el cantante galo Jean-Louis Aubert).

Fotografía cedida por One Little Indian Records

Björk. Fotografía cedida por One Little Indian Records

Bruno Galindo (Buenos Aires, 1968) vive en Madrid. En dos décadas de periodismo, literatura e híbridos ha firmado centenares de artículos, publicado media decena de libros y contribuido en numerosos discos y espectáculos de experimentación perfoliteraria, spoken word y poesía escénica.

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