Cine: «Ese discreto encanto del cine francés», por Antonio Morales

Sils Maria de Oliver Assayas

Sils Maria de Oliver Assayas

Aquellos que padecemos de esa extraña enfermedad llamada cinefilia, compartimos muchos síntomas, pero también desarrollamos las más singulares patologías en forma de manías obsesivas, a cual más curiosa. Conozco algunos cinéfilos que son capaces de repetir como rapsodas secuencias completas de sus películas preferidas, otros están al salto para insertar un diálogo de película en cuanto alguien le da pie de manera casual, con un gesto, con la palabra adecuada… Los hay coleccionistas. Otros tienen la manía infantil de recurrir a los mismos fragmentos en modo bucle, sin agotarse jamás. Luego están los de las listas, de cualquier tamaño y tema. A cada amante del cine la suya. Y de entre todas las obsesiones comunes hay una que se repite y se renueva constantemente: ese amor por el cine francés.

De entre todas las filmografías nacionales, pocas pueden presumir de haber estado siempre en el foco de atención, más allá de la omnipresente y poderosa manufactura hollywoodiense. Pero es que si trazamos una historia del cine durante sus primeros cien años, los franceses siempre han estado ahí. Inventando el artefacto (Louis Le Prince y los hermanos Lumière), patentándolo (Charles Pathé), ampliando sus posibilidades expresivas (George Méliès), ideando el concepto de filmoteca (Henri Langlois y compañía), teorizando sobre él (las revistas Cahiers de Cinema o Positif) y transformando la manera de ver y hacer películas a través del fundamental cambio de paradigma cometido por toda la tropa reunida en torno a eso llamado nouvelle vague, que más que ola fue un auténtico terremoto que, precisamente sin renunciar a su carácter eminentemente francés, cambió la mirada cinematográfica del mundo.

Saint Laurent de Bertrand Bonello

Saint Laurent de Bertrand Bonello

Será su chovinismo, esa continua pose inagotable de intelectualidad o ese aroma a buena vida que se respira en tantas de sus películas, lugares comunes que, voilá, se transforman en deliciosos paisajes revisitados, a los que gustar recurrir una y otra vez, con extraña familiaridad. Lo que para algunos puede llegar a ser pedantería extrema, verborrea compulsiva y autocomplacencia, es para otros la habilidad de la mirada francesa —una certain regard, que llaman los organizadores del Festival de Cannes—, que puede rastrearse también en el resto de sus disciplinas artísticas, pero en ninguna con tanto placer por gustarse a sí mismos como en el cine.

Y aunque, a pesar de los negros augurios que los más nostálgicos han lanzado con la desaparición de las últimas grandes figuras vivas de la esencial nouvelle vague, hecho que no deja de suponer un vacío irremplazable, el cine francés ha conseguido mantener una vitalidad fuera de nuevas oleadas o manifiestos, reforzando su entramado industrial con una política proteccionista con acertadas ideas como, por ejemplo, la obligación de que un tanto por ciento de cada entrada vendida de cualquier película, vaya a directamente a parar a las ayudas para la producción nacional. Sí, con los Transformers de Michael Bay se financia el delicado cine de Bertrand Bonello o a las nuevas generaciones, tan necesitadas de apoyo institucional.

Eden de Mia Hansen Love

Eden de Mia Hansen Love

Solo hay que asomarse a las cuatro películas de Mia Hansen-Løve para encontrar esa tranquilidad de una renovación pausada. O en los últimos trabajos firmados por otras jóvenes realizadoras como Céline Sciamma, Valérie Donzelli… O activos veteranísimos en los que siempre se puede confiar: Phillipe Garrel, Oliver Assayas, Claire Denis, Arnaud Desplechin… Todos, aunque alejados de un objetivo común organizado y con una impronta personal inconfundible, forman parte de esa mirada francesa, de un país que ama su cine y lo exporta con gran éxito, que lo pasea como un rasgo identificativo de su cultura, con envidiable orgullo. No hay nada más que ver el altísimo porcentaje de taquilla que el cine francés consigue cada año, logrando ese difícil equilibrio entre rentabilidad y exigencia artística que nosotros, aún desde abajo, miramos entre la envidia y la fascinación.  Antonio Morales.

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