Reportaje: «Lectores subterráneos», por Sergio C. Fanjul

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Fotografía: Liliana López

Si la lectura ya es de por sí una actividad subterránea, se hace literalmente subterránea cuando se realiza literalmente bajo tierra, por ejemplo, en el metro. Como muchos solo leemos cuando ya resulta inevitable, porque no hay nada mejor que hacer, los viajes en transporte público (como la sala de espera de los hospitales) son el momento perfecto para entregarse a la lectura. En las grandes ciudades, donde se realizan largos trayectos del trabajo a casa (commuters es el nombre que se ha dado a esa tribu de nómadas que pasan buena parte del día, hasta 2 o 3 horas, yendo o volviendo del trabajo), parece que se lee más. El 34,6% de los madrileños lee en el transporte público frente al 16,6% de media nacional, según la encuesta sobre Hábitos de lectura y compra de libros en España de 2012. Lo cual no está nada mal.

Sin embargo, los rampantes avances tecnológicos parecen, a simple vista, haber ido desplazando a la lectura físicamente underground. Donde antes se veían periódicos gratuitos o novelas ahora se ven smartphones o tablets. Es cierto que muchos viajeros leen la prensa en su teléfono, pero también es cierto que muchos prefieren jugar a un videojuego, mirar el Facebook o hablar por el WhatsApp. También se ven algunos ebooks aquí y allá.

Bajamos al metro para verlo y vimos que también es cuestión de percepciones: “Pues yo creo que cada vez más gente lee en el metro”, dice Luis, un joven estudiante al que nos encontramos en Cuatro Caminos esperando un convoy de la línea 4, de color marrón. Va leyendo La escuela de maridos de Molière, en la clásica edición de tapas blancas de Cátedra, aunque no es elección suya: lo lee para escribir un comentario de texto que le han pedido. De todas maneras, dice Luis que siempre lee en el metro: “Me gusta mucho la poseía francesa, Rimbaud o Baudelaire, y también algunos libros de divulgación científica”.

“Pues yo ya he dejado de leer libros en el metro, suelo ir mirando redes sociales, leyendo periódicos o hablando por WhatsApp”, dice la periodista científica Pampa García Molina. Ella participó en un intento de hacer un estudio sobre lectura en el metro, ideado por Jorge Heili. Cada mañana varias personas escribían en Twitter el número de lectores que viajaban en su vagón, especificando lectores de libros, ebooks, periódicos de pago, gratuitos o smartphones, bajo el hashtag #metrolectores. “Lo dejamos porque éramos pocos y no tenía ningún valor estadístico”, dice García Molina, “una cosa que si detecto es que ahora hay más ebooks en el metro”.

Pegada a un libro electrónico y casi comiéndose las uñas viaja Raquel, una joven estudiante de Educación infantil. ¿Qué vas leyendo? “Pues Harry Potter”, dice riendo, “soy muy fan de las sagas, de hecho ya es la segunda vez que me leo esta”. Para las sagas, para tantos libros y tan gruesos como los de Juego de Tronos el ebook le resulta muy útil. “Viajo mucho tiempo en metro cada día, y así puedo llevar muchos libros sin peso”.

Enfrente de Raquel lee María, una joven filóloga griega, con un castellano impecable (“la entonación del griego es casi igual que la del español”) que da clases particulares de su lengua y se pasa unas dos horas al día en el metro, de casa en casa, de clase en clase. Lleva un novelón titulado Nunca lo sabrás (Círculo de Lectores), de Chevy Stevens. Tiene telita la cosa: “Va de una chica que descubre que su padre es un asesino en serie”, dice, “en Salónica no hay metro así que he cogido la costumbre aquí, para aprovechar el tiempo”.

Aunque para leer un poco en el metro tampoco hace falta llevar nada encima. La empresa empapela los vagones con fragmentos literarios que bien pueden servir para evadir el trayecto entre dos estaciones y culturizarse un poco. La iniciativa es longeva y se llama Libros a la calle. En su última edición (llevan diecisiete), de 2013, los vagones se llenaron de textos de Caballero Bonald, Cortázar, Cunqueiro, Fuentes o Agustín García Calvo. Los anarquistas de Solidaridad Obrera, que tal vez simpatizasen con este último, aprovecharon la ocasión para infiltrarse en las paredes del metro, imitando las grandes pegatinas de la empresa (se colocaron 15.000), con el mismo formato, para difundir propias ideas en forma de textos revolucionarios. Pocos se dieron cuenta del truco pero, aun así, la Revolución no se desató.

En este orden de asuntos, revolucionarios o contrarrevolucionarios, nos encontramos en la línea 3, de color amarillo, a Borja, un periodista que se está leyendo un pequeño tocho de bolsillo, la Diplomacia (Ediciones B) de Henry Kissinger. “Normalmente no leo cosas de esta cuerda”, se disculpa, “esto, además, me da para hacerme la línea hasta el siglo que viene”. Anteriormente se ha leído las novelas Crematorio y En la Orilla (Anagrama) de Rafael Chirbes. “También empecé uno de Rodrigo Fresán pero no me enganchó mucho”, continúa, “y eso que soy de acabarme los libros. El Capital en el s. XXI (Fondo de Cultura Económica) de Thomas Piketty, que es muy grueso, mejor lo leo en casa”.

A unos metros Carlos, un comercial prejubilado de Carabanchel, se pregunta si el suicidio es la única cuestión relevante de la filosofía, con El mito de Sísifo (Alianza), de Albert Camus entre las manos. “Siempre leo en el metro y muchas veces, como en este caso, releo”, dice, “me gusta la filosofía, la historia, cosas así”. También lleva gorra y auriculares para aislarse bien del entorno. Escucha a los Doors. “Soy muy clasicote para todo”, apunta, “me gusta más lo de antes que lo nuevo”. Y al bajar del metro nos damos de bruces con Palmira, una jubilada que lee un texto del muy prolífico (hasta la sospecha) César Vidal, Jesucristo y los manuscritos del mar Muerto (Planeta). “Siempre leo en el metro”, cuenta, “y me gusta mucho el libro electrónico, pero se me ha roto”.

Bibliometro es la biblioteca pública del metro. “Tiene una sede por cada línea, con un nutrido catálogo que se amplía un par de veces al año”, dice otra Raquel que nos encontramos en otro tren. La oferta es totalmente literaria, 100.000 ejemplares de 1.500 títulos entre los que predomina la novela. Tiene 100.700 usuarios, según informa la Comunidad de Madrid. Libroexpress es un servicio similar, pero mecanizado, que se encuentra en la estación de la Línea 1 de Sol y que tiene 7.065 usuarios.

Raquel sabe de lo que habla porque da la casualidad de que es bibliotecaria y ha trabajado en el proyecto: “Viene muy bien para coger los libros sin desviarte del camino”. Ahora tiene entre manos el ensayo Todo lo que era sólido (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina, “el marido de Elvira Lindo”, según especifica la lectora. “Cuenta cómo hemos llegado a esto”, continúa, “ahora mismo vengo leyendo cómo se despilfarraba en Nueva York para promocionar España”.

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Fotografía: Elvira Lindo

Algunos de los libros más prestados en el Bibliometro durante el último año fueron: La felicidad esté contigo (Espasa), de Mamen Sánchez, La verdad sobre el caso de Harry Quebert (Alfaguara), de Joël Dicker o Dispara, yo ya estoy muerto (Plaza y Janés), de Julia Navarro. Y, aunque vean a los lectores salpicados por el metro, aquí y allá, también tuvieron su momento para reunirse y mostrar su fuerza. Fue durante la Noche de los Libros de 2012 en la estación de Príncipe Pío: 312 lectores subterráneos se reunieron en el vestíbulo para hacerse una foto de familia con su libro favorito. Batieron un récord. Sergio C. Fanjul.

Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) es licenciado en Astrofísica por la Complutense, poeta, escritor y periodista. Escribe sobre cultura y ciencia en El País, Playground, Yorokobuo Vice. 

Liliana López Sánchez (Barcelona, 1982) ha trabajado en radio, televisión y en el mundo del teatro.

Elvira Lindo (Cádiz, 1962) es narradora, periodista, guionista y, por lo que se ve, ocasionalmente, también fotógrafa.

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