Opinión: «El Inca contra el colonialismo», de Richard Parra

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Fotografía: André Kartész

Fruto de la unión –acaso forzada– entre un conquistador del Perú y una sobrina del Inca Huayna Cápac, el Inca Garcilaso de la Vega nació en Cuzco en 1539.

En 1560, tras la muerte de su padre –acusado de “tirano”, es decir de rebelarse contra la Corona–, el joven Garcilaso viajó a España, donde peleó contra la rebelión de moriscos de las Alpujarras y escribió sus Comentarios Reales de los Incas (1609-1617), una ambiciosa y desafiante obra histórica, literaria, mitológica y política sobre la civilización incaica y las primeras décadas de la invasión y dominio español sobre el llamado “Imperio” de los Incas.

Garcilaso murió en Córdoba en 1616.

Si no lo han hecho, quisiera invocarlos a leer al Inca. Verán que es una experiencia que los iluminará en el sentido filosófico del término y los proveerá de un horizonte estético normativo. Los conmino a leerlo no solo como un historiador, como a veces se lo reduce, sino como un escritor de la modernidad, consciente del poder irónico, abierto y dialéctico de su arte literario.

Descubrirán en Garcilaso una prosa clara y esclarecedora, poética y hermenéuticamente rigurosa. Verán que no apuesta por palabrerías ni barroquismos gratuitos, sino por una prosodia que viene a estabilizar la naturaleza “laberíntica” y violenta de los materiales que asumió y de las escrituras burocráticas, de “pura violencia” (Fanon), con las que polemizó (las de los colonizadores y misioneros).

En lo formal, Garcilaso es un esteta, el creador de un idioma coral, de una forma de decir, de una tradición disidente, de una modernidad alternativa a la europea que, en su tiempo, no rechazaba el expolio colonial ni la esclavitud.

Su proyecto implicaba la “usurpación” de la lengua del poder, la creación de un arte nuevo y la enunciación de una urgente crítica del colonialismo. Así, es un intelectual comprometido, empeñado en rescatar una memoria –la de los Incas– que no desaparecía por el inocente paso del tiempo o el olvido involuntario, sino por efecto de una agresiva tiranía llamada colonialismo y su aparato de propaganda escolástica.

Soy enfático: asumiendo y radicalizando la agenda mestiza del historiador jesuita peruano Blas Valera, Garcilaso critica y desafía el colonialismo, a pesar de la vigilancia de la Inquisición y de su condición de mestizo (ciudadano de segunda categoría en su tiempo).

Así, por ejemplo, Garcilaso contradice la teología colonial extirpadora contrarreformista proponiendo los complejos y censurados conceptos de Pachacámac (Dios creador y animador) y el de Virgen María-Pachamama (Tierra Madre-Tiempo), ambos necesarios para una integración basada, en parte, en la mezcla no vigilada de religiones.

Garcilaso también rechaza la masacre de Cajamarca de 1532. Considera un abuso la explotación de los indios en las minas, la destrucción de sus religiones, de sus instituciones políticas, de su economía y su vida cotidiana.

Se indigna por la represión contra la lucha armada de los Incas de Vilcabamba. Protesta por la innecesaria y cruel ejecución de Túpac Amaru I en 1572 por orden del virrey Toledo, funcionario a quien no dudó en calificar de “tirano”.

Su crítica no es retórica: traspasó lo inmediato y libresco. Por eso, Micaela Bastidas y Túpac Amaru II, líderes de la mayor insurrección indígena de América (1780), asumieron su mensaje transgresor y radical.

Desde un punto de vista andino, Garcilaso, como diría José María Arguedas, “se entropa” con sectores explotados, como los indios y mestizos. En tal sentido, es algo más: un amauta, un quipucamayu, y un haráuec; es decir, un filósofo, un guardián de la memoria social y un poeta.

Los amautas, a quien Garcilaso llama “filósofos”, componían “cuentos en fábulas” y alegorías con las órdenes y palabras del Inca con un propósito didáctico: que se “conservasen en la memoria de todos”. Los haráuec “eran los poetas, componían versos breves y compendiosos, en los cuales encerraban la historia o la embajada o la respuesta del Rey”. Estos “poetas”, además, decían “en los versos todo lo que no podían poner en los nudos”.

Los quipucamayos, por su lado, eran quienes confeccionaban, leían y llevaban el registro de los célebres quipus o nudos. Archivaban en la memoria los hechos históricos y los trasmitían de generación en generación. Tenían también una función pública: registraban las leyes y castigos. Su función, incluso, sobrepasaba lo jurídico y se dotaba de un aura religiosa.

Para Garcilaso –no olvidarlo– el quipu se configuró como una singular forma de “escritura” que no sepultaba la tradición oral bajo la racionalidad gramatológica misionera colonial.

Historiador, escritor comprometido, filósofo y poeta: Garcilaso supera lo cronístico y edifica un proyecto civilizatorio que rescata memorias y mitologías en proceso de destrucción; asume una lengua sometida a la aculturación forzada, el quechua; y propone una salida a la violencia: una reconciliación plural, con perdón aunque sin impunidad, un horizonte de convivencia: un humanismo crítico.

Desde lo social, Garcilaso nos interpela en estos tiempos de olvido. Sostiene que poseer la memoria histórica y cultural de los ancestros define al habitante de la polis. Así, memoria e identidad cultural conforman una unidad sociopolítica y sustentan la responsabilidad individual, nunca desligada de lo social. Garcilaso lo afirma con contundencia: sin conciencia histórica no se crea comunidad ni se puede pertenecer activamente a ella. Tampoco se puede lograr la ansiada paz ni el pluralismo.

Garcilaso, en suma, condensa cierta tradición cultural andina y un audaz humanismo europeo (cf. León Hebreo, Giordano Bruno y Spinoza). Su obra asume así una tarea compleja: plantea un diálogo, no desigual, entre las partes –europeos e Incas– todavía sumidas en su tiempo en un implacable y sangriento conflicto. Su propuesta de reconciliación –lo subrayo– no es utópica, puesto que no niega ni falsifica los antagonismos sociales.

En momentos de exacerbados resentimientos, la obra de Garcilaso desafía la ausencia de diálogo, la violencia compulsiva, las simplistas risas autoritarias, el espectáculo de la guerra, el oportunismo anti-intelectual, el barroquismo narcisista posmoderno, el imperialismo salvaje y la soberbia de los tiranos. Por todo ello, Garcilaso también nos invita a meditar sobre nuestro presente. Richard Parra.

Richard Parra (Comas, 1977) es docente y crítico literario. Ganador del Premio Copé de Oror 2014 por su ensayo La tiranía del inca. El inca Garcilaso y La escritura política del Perú Colonial (1568-1617). En 2011, publicó Contemplación del abismo y, en 2014, las novelas breves La pasión de Enrique Lynch y Necrofucker en la editorial Demipage.

André Kartész (Budapest, 1894-Nueva York 1985) es un fotógrafo húngaro conocido por sus contribuciones en el desarrollo del ensayo fotográfico.

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