Opinión: “Dinero y cariño”, por Manuel Guedán Vidal

Imagen 3

Ilustración de François Matton

A veces me gustaría tener más dinero del que tengo, así podría comprar un reloj que no haga ruido en el cine, un portátil ligero o mi fuerza de trabajo. Y digo a veces porque en otras ocasiones pienso que poseer una pequeña fortuna sería un quebradero de cabeza moral y un impedimento social. Imagino que como tanta otra gente, en las pasadas fi estas tuve con unos amigos la consabida conversación sobre qué haríamos si nos tocara la lotería. No sin vergüenza, por lo impúdico de mi postura, soy de los que lleva varias Navidades sosteniendo que no quiero acercarme a un décimo premiado ni aunque me lo regale un cantinero adorable. Y no por conciencia del reparto social –que la tengo, aunque no me dé para tanto–, sino por lo que hago yo las cosas: por miedo, un miedo ancestral a todo lo que se mueve.

Hace años, Friends with money, película con Jennifer Aniston, me aleccionó al respecto: es muy difícil tener amigos cuyo capital sea muy distinto al propio, ya sea por arriba o por abajo. Si el azar me premiara con un dineral, por mucho que me prometa ser como Juan José Ballesta, creo que ter- minaría por abandonar a las amistades de juventud y abrazaría camas más confortables, vuelos que no anuncien sorteos por megafonía y cada vez se me harían más cuesta arriba los transbordos del metro. Por supuesto está la opción de invitar a todo a los amigos: pagarles entradas de teatro en primera fila, viajes a Mongolia y sesiones de masaje –para que no entorpezcan con sus dolores de espalda nuestras sesiones de tirolina–, aplicando una corrección afectiva al repentino desnivel social.

Pero ser el que lo paga todo tiene varias consecuencias que adivino funestas: 1) Es muy difícil hacerlo sin convertirse en una suerte de Tony Soprano. 2) Habría que elaborar listas cerradas de invitados/amigos según lo cara que fuera cada invitación, lo que supondría una tasación precisa del valor de cada vínculo. 3) La clásica paranoia del rico le llevaría a uno dudar de si el afecto que recibe es interesado o puro. No pretendo descubrirle aquí a nadie que todas nuestras relaciones están mediadas por la clase social, sino acercarme a la articulación compleja, algo perversa pero también necesaria, entre dinero y cariño, para acabar concluyendo –lo anticipo por si luego se me olvida– que aquello del afecto puro, como reducto per se, ajeno a la dimensión económica, es una fantasía petulante, una majadería. Ahora bien, tampoco se lo pongamos tan fácil a los hombres de negro, ni a nuestros más bajos instintos. Me explico.

Es bien sabido por todos que el capital entraña una lógica expansiva que implica la colonización de imaginarios, vínculos y lenguajes. Comparto una serie de ejemplos que me han saltado recientemente a la vista: la antigua copita a la salida del trabajo, ahora se llama afterwork y, en lugar de servir para despotricar del jefe, se ha convertido en el brazo lúdico de este para prolongar la jornada laboral; en una discusión, los argumentos ajenos ya no se aceptan o rechazan, sino que se compran o no se compran y los contenidos de Facebook se han ido linkedinizando cada vez más, con páginas de empresa y exhibiciones de currículo que conviven con las consabidas fotos de las vacaciones y los platos de comida.

Y condeno esta lógica insaciable, pero con esa condena reblandecida de las cosas que en el fondo comprendo bien: si yo fuera la economía capitalista, seguramente tendría las mismas ínfulas desarrollistas. Pero no lo soy; soy un ser presa del miedo y entonces mis inquietudes son otras. Fundamentalmente una: descansar. Y ni siquiera en plan hedonista –que entre mis miedos más paralizantes se encuentra el pavor al placer–, sino descansar para poder leer, para poder querer e, incluso, para poder trabajar y hacerlo de una forma desahogada. Dicho de otro modo, hay que estar alerta para evitar que la competitividad y la mercancía hecha fetiche fagociten nuestra capacidad de querer y para que los afectos, aun compuestos por un enjambre de textu-ras, algunas metálicas, sepan poner en cuarentena los elementos que apuntan el prestigio heredado de una marca, un trabajo o un salario. Y fundar así un territorio en el que el cariño coquetee antes con la gratuidad que con lo merecido, incluso que con lo justamente merecido.

Si no consigo ese territorio, vistos los temores y fatigas que me acosan, seguramente lo próximo que aquí se publique será mi necrológica. Sería de trágica justicia que, llegado el caso, me la escriba Juan Cruz, el hombre que, a mis años, el tiempo que yo desparramo en compadecerme, lo empleó en aprender a lidiar mejor que nadie con estas vainas. Manuel Guedán Vidal.

Manuel Guedán Vidal (Madrid, 1985) es crítico, editor y profesor de literatura. Ha publicado el ensayo Yo dormí con un fantasma. El espectro de Manuel Puig.

François Matton (París, 1969) es poeta e ilustrador que estudió Bellas Artes en Reims y Nantes. Actualmente pasea sus exposiciones por toda Europa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s