Opinión: «Un buen año», por Alberto Olmos

Uno diría que nada complace tanto al crítico literario como la práctica del desdén, mayormente si se expresa en un gesto que abarca a un ramillete amplio de autores o de obras. Este gustazo suelen dárselo los críticos al finalizar el año, a través de balances retrospectivos que se saldan con enunciados como “Un año anodino para las letras españolas” o “Un año mediocre para la literatura nacional”. Es fascinante que toda una literatura pueda no estar a la altura de un hombre.

Tan habitual como la publicación de una lista de mejores libros del año es la publicación de un artículo contra esas listas, aunque de la lectura de una lista y de la lectura de un artículo contra una lista se saque la misma impresión: que nadie ha leído nada. De hecho, los enemigos de las listas argumentan que no es posible abarcarlo todo, por lo que señalar qué títulos fueron los mejores constituye un acto de tramposa soberbia, como cuando a la pregunta de qué música le gusta a uno se responde que el jazz. Se despista y, al mismo tiempo, se queda bien. El jazz en una lista de mejores libros del año suele ser Javier Marías.

Cuando Javier Marías no ha publicado nuevo libro, un montón de críticos se queda sin saber cuál es el mejor libro del año. Entonces echan mano de Antonio Muñoz Molina o de Enrique Vila-Matas. Entiendo que estos tres autores tienen a bien turnarse para no dejar desamparados a medio centenar de reseñistas.

Como los ingleses, estoy a favor de hacer listas de todo. Listas de políticos, listas de películas, listas de paradores nacionales. He descubierto suficientes cosas valiosas gracias a ellas como para no frecuentarlas con deleite. Sin embargo, mientras que los tops cinematográficos y musicales siempre me dan una alegría, es difícil que una lista sobre libros me dé siquiera una sorpresa.

El hecho de que los supuestos diez mejores libros del año sean tan predecibles que uno pueda ir armando desde enero la lista que, tras agónicas votaciones, saldrá en diciembre guarda relación con la evidencia que apuntaba más arriba: nos leemos muy poco. O, al menos, esa es mi percepción.

En los premios Ojo Crítico de Rne, por ejemplo, he comprobado, ya sea como jurado, ya como confidente de un jurado, ya como –con perdón– ganador, que bastantes de los convocados a votar apenas conocen el título de las obras finalistas del galardón, y que acaba ganando aquella que alguien defiende con singular esmero, y a la que los demás dan su voto sin haberla leído. No hay que perderse las declaraciones de estos miembros del jurado sobre la obra ganadora, cuyos méritos destacan aunque no hayan abierto siquiera el libro.

El premio Otras voces, Otros ámbitos, por su parte, reúne a cien personas del mundo editorial en torno a un trofeo costeado por El Corte Inglés. En sus primeros años, cada una de esas cien personas votaba las obras que le vinieran a la cabeza; sin embargo, eran tantos los que no sabían a quién votar que desde la organización decidieron proponer una short list para facilitar las cosas y que, nuevamente, la gente pudiera votar sin leer.

A la gente, está claro, le gusta mucho más votar que leer.

(Curiosamente, este premiar de oídas da excelentes resultados, pues tanto el premio Ojo Crítico como el premio Otras voces, Otros ámbitos suelen recaer en libros de valía innegable, lo que quizá indica, en última instancia, que el jurado indocto sabe buscar consejo.)

No hace falta transitar todas y cada una de las páginas de todos y cada uno de los libros que se publicaron para tener una visión autorizada sobre la cosecha literaria del año que finaliza. Quizá solo es necesario un poco de curiosidad, abrir los libros por su primera página. Me encantaría que los lectores de este artículo hicieran eso mismo con los títulos que voy a comentar a continuación, que considero los más destacados en narrativa en español de 2014.

Pascal Colrat

Ilustración de Pascal Colrat

Empiezo por Los hemisferios, de Mario Cuenca Sandoval, que se publicó en enero. Se trata de una novela doble, o bifurcada, de alma francesa y materiales cinematográficos. Su propuesta aúna ambición estructural con un claro propósito trascendentalista. Acostumbrados a una concepción de la novela consistente en escribir sin ton ni son doscientas páginas, y llamarlo novela, la planificación y el rigor de esta obra de relojería espiritual se me antojan dignas de ejemplo.

Agustín Fernández Mallo publicó el año pasado Limbo, cuya primera parte, ambientada en México, quizá se halle entre lo mejor que ha escrito. A pesar de que el resto de la novela coquetea con la frivolidad y la autocomplacencia, el conjunto muestra una meritoria solidez, pues certifica que el éxito de su poética no fue fruto de un enamoramiento mediático, sino de la pasión por llegar a otro tipo de literatura.

También Brilla, mar deledén, de Andrés Ibáñez, supuso una feliz anomalía en nuestras mesas de novedades. Tomando como patrón oro la serie de televisión Lost, Ibáñez arma una de las novelas más imaginativas y portentosas de la historia reciente de nuestras letras.

Podemos incluir en esta narrativa postmoderna vivificante los relatos que Candaya publicó al argentino Sergio Chejfec bajo el título Modo linterna. Seguramente es mi libro favorito del año pasado. Elegancia e inteligencia, y una pizca de humor, para un texto que se lee como el diagnóstico más preciso sobre la deriva que las nuevas tecnologías imponen a nuestra concepción de la realidad.

También en Candaya –resucitada en los últimos tiempos, tras varios años titubeantes– apareció Anatomía de la memoria, del mexicano Eduardo Ruiz Sosa. Dentro de los autores en español que conozco nacidos en los años 80, Ruiz Sosa presenta las credenciales más imponentes. Su libro, de una exigencia máxima para el lector y un respeto y conocimiento muy elevados de la tradición literaria, resuena en mi cabeza como uno de los debuts más inexpugnables a los que he asistido.

En España, por otra parte, otro autor nacido en los 80 asentó las bases de lo que esperamos sea una estupenda carrera literaria. Juan Gómez Bárcena delata en El cielo de Lima unas condiciones inmejorables para la escritura, lastradas aún por el descubrimiento de un tema más dialogante con los tiempos actuales.

Y ese tema, diríamos, es el que consiguió atrapar Sergio del Molino con Lo que a nadie le importa. Después de dos novelas, y de centenares de posts y artículos, Del Molino vio cómo su prosa y los asuntos locales de la memoria nacional se aliaban para fraguar uno de los libros más emocionantes, divertidos e inspirados del año.

La trabajadora, de Elvira Navarro, Deudas vencidas, de Recaredo Veredas, Las inviernas, de Cristina Sánchez-Andrade, Necrofucker, de Richard Parra, Morir bajo tu cielo, de Juan Manuel de Prada o El viaje a pie de Johan Sebastian, de Carlos Pardo también darán algún alivio a las horas solitarias del lector más escéptico. Prueben. Alberto Olmos.

Alberto Olmos (Segovia, 1975) es escritor. Ha publicado las novelas Trenes hacia Tokio, Ejército enemigo o Alabanza, entre otras. Gestiona la web de crítica literaria malherido.com

Pascal Colrat (París, 1971) es fotógrafo e ilustrador.

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