Reseña: «El cerebro de Andrew», de E. L. Doctorow por Estado Crítico

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«El cerebro de Andrew». E. L. Doctorow (Nueva York, 1931) Miscelánea-Roca Editorial (2014). Trad. Isabel Ferrer y Carlos Milla. 174 páginas. 16,90 euros

¿Denuncia o divertimento? 

Novela. La trayectoria de E. L. Doctorow es tan dilatada como versátil. Su tema común podría sintetizarse en lo que Don DeLillo definió como “el alcance de lo posible en Estados Unidos, en que cabe que vidas ordinarias adopten la cadencia que marca la historia”. En su obra es notoria además la inclinación por lo estrambótico reflejada en Homer y Langley. Y en esa línea se ancla también su última novela: si anteriormente había rastreado el contexto americano de los dos siglos precedentes, desde La gran marcha a El libro de Daniel por ejemplo, en El cerebro de Andrew Doctorow se adentra con fluidez, y casi ligereza, en su historia más reciente. Que Andrew sea un científico cognitivo, preocupado por la percepción de la realidad o el punto en que el cerebro se convierte en mente, podría hacer pensar que Doctorow hubiera decidido acercarse a un territorio semejante al del último DeLillo. Sin embargo, a quien de verdad recuerda este personaje egocéntrico, cómico y neurotizado —en su diálogo mantenido con el psicoanalista a modo de combate Darwin versus Freud— es a los protagonistas de El mal de Portnoy de Philip Roth o Herzog de Saul Bellow. Andrew es neurocientífico como podría ser cualquier otra cosa. Lo que le obsesiona en esa especie de confesión caótica y extravagante que busca esclarecer las causas de a donde ha llegado, con todo su despliegue de inventiva y especulaciones delirantes, es el reguero de desgracias colaterales que ha ido sembrando su vida. El tono es dinámico y vigoroso, y en ocasiones alcanza escenas desternillantes. Los juegos de punto de vista y ensamblaje temporal muestran a su vez la maestría de Doctorow. Pero hay un momento, cuando la comedia decide trocarse en tragedia, en que parece pasarse con el giro de tuerca. Entonces lo hiperbólico deja de ser no ya verosímil, lo cual podría tener su justificación en el razonamiento perturbado de Andrew y en “su imperfecta idea de la vida como trastorno irremediable”, sino convincente. A diferencia de Updike o el mismo DeLillo, Doctorow nos cuela con calzador el episodio más relevante de los últimos veinte años en Estados Unidos y, acto seguido, en una pirueta tan acrobática como rocambolesca, nos introduce en el corazón de la Administración Bush por medio de una sátira que tiene demasiado de caricatura gruesa. Eso no impide que la novela se lea con gusto y que incluso divierta; da la sensación de que el propio Doctorow ha tenido que disfrutar de lo lindo escribiéndola. Pero si la burla final ha pretendido algo parecido a un posicionamiento crítico, tal propósito chirría en su afán por unir denuncia con superficialidad, exploración histórica con divertimento, o material político con banalidad. Y no es que lo asuntos que parecen más serios deban estar reñidos con el humor. Es que, en este caso, la mezcla no termina de funcionar porque las casualidades se revelan caprichosas, las exageraciones dejan de hacernos gracia, la estructura llega un momento en que se resiente y avanza a la deriva hacia un fin al que se le agota la chispa. Con todo, leer a Doctorow nunca es perder el tiempo. Por lejos que quede de Homer y Langley, en esta nueva novela es apreciable su facilidad técnica, su ingenio y la capacidad siempre difícil de mostrar los placeres de la vida junto a sus desdichas. Además el lector podrá comprobar que hasta los más grandes son vulnerables, fallan alguna vez, caen en una parodia manierista de sus colegas o incluso de sí mismos. Y eso también forma parte del aprendizaje. Coradino Vega. Estado Crítico (www.criticoestado.es).

Recomendaciones de Coradino Vega:

El peso de la responsabilidad, Tony Judt. Taurus (2014).

Fuera de juego, Miguel Ángel Ortiz. Caballo de Troya (2013).

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